Es de vital importancia dar un nuevo modelo económico-productivo en el cual el factor más importante no sea ya la disponibilidad de capital, mano de obra, materias primas o energía, sino el uso intensivo del conocimiento y la información.
Las ventajas comparativas dependen cada vez más del uso competitivo del conocimiento y de las innovaciones tecnológicas. Esta centralidad hace del conocimiento un pilar fundamental de la riqueza y el poder de las naciones pero, a la vez, estimula la tendencia a su consideración como simple mercancía, sujeta a las reglas del mercado y susceptible de apropiación privada.
Al inicio de este siglo, la humanidad enfrenta una situación de cambio acelerado y permanente. Los países avanzados han conseguido, merced a la evolución técnica y científica, pasar de la economía industrial a otra fundamentada en la capacidad de aplicar el conocimiento en un marco de constante innovación.
Esta nueva era civilizatoria se expresa de manera dramática en la irrupción de tres fenómenos interdependientes y determinantes de la dinámica económica, cultural y política de las sociedades contemporáneas: la globalización de la economía y la cultura, la sociedad del conocimiento y la emergencia de la ciudad-región como nuevo protagonista de la política interna e internacional.
La sociedad de la información es el resultado de la economía de la información multiplicada por la cultura de la información, la misma que comprende una ciudadanía multilingüe, una actitud abierta a la tecnología, una legislación de apoyo, costes adecuados de acceso, infraestructuras y regulaciones alcanzadas por consenso.
En la base de la economía del conocimiento se encuentran cuatro factores estrechamente interrelacionados:
a) la difusión de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC)
b) la tercerización progresiva de las sociedades
c) la internacionalización de la economía
d) el aumento y extensión de la educación, saberes y conocimiento.
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